La mayoría de pacientes que acuden a un neuropsicólogo lo hacen recomendados por otro profesional; un neurólogo o psiquiatra en el caso de adultos, y un pediatra o el profesor en el caso de los niños. El motivo de consulta siempre es la evaluación de la función cognitiva (o neurocognitiva), pero el origen de esta consulta es muy variado. En ocasiones, los pacientes acuden ya con un diagnóstico clínico (daño cerebral adquirido por traumatismo o accidente cerebrovascular, enfermedades como Alzheimer,Parkinson o Esclerosis Múltiple, trastornos del neurodesarrollo…), pero en otras acuden con la sospecha de una alteración cognitiva que subyace a una serie de dificultades en la vida cotidiana, generalmente de memoria en adultos, de aprendizaje en niños y de atención en ambos casos. En todos ellos, el objetivo es obtener un diagnóstico neurocognitivo.
En un primer momento, la evaluación se centra en la historia del paciente: cuándo y cómo empezaron los síntomas, quién los ha notado, si repercuten o no en las actividades diarias del paciente… Por ello es importante que la persona acuda acompañada de un familiar que corrobore o desmienta la información que nos proporciona el paciente, ya que en algunas enfermedades no existe consciencia del déficit y el paciente niega o minimiza sus problemas.
La evaluación neuropsicólogica suele basarse en la administración de una serie de pruebas, pero no se ciñe a ellas. Una evaluación realizada por un profesional tiene en cuenta muchas más cosas. Lo más importante no es el resultado que obtiene el paciente en los test administrados, sino el proceso: cómo ha resuelto las actividades propuestas, qué estrategias ha puesto en marcha (en el caso de haberlas), qué funciones cognitivas ha utilizado y de qué modo las ha combinado…
Para poder llegar a un diagnóstico cognitivo es importante valorar todas las áreas, no solo las que previsiblemente están afectadas. Conocer las funciones cognitivas alteradas y preservadas posibilitará el diagnóstico clínico y intervención posterior (cognitiva, farmacológica, quirúrgica…). Así, se valorarán la orientación, las diferentes funciones atencionales, los distintos tipos de memoria, la capacidad de aprendizaje, la velocidad de procesamiento, las praxias (movimientos voluntarios), las gnosias (integración de la información proporcionada por los sentidos), las capacidades visuoespaciales, el lenguaje (oral, escrito, no verbal…), y las funciones ejecutivas. Éstas últimas engloban una serie de funciones como son el razonamiento, la inhibición, la flexibilidad, la planificación, la estimación temporal, la memoria de trabajo, la toma de decisiones, etc. Otra área que se explora es la cognición social, que engloba aspectos como el reconocimiento de emociones, la teoría de mente, la empatía, la comprensión de normas sociales…
El resultado de la evaluación será una serie de datos tanto cuantitativos como cualitativos que nos permitirán elaborar un perfil neurocognitivo, que indique la presencia o no de alteraciones cognitivas y su gravedad, permita distinguir unas enfermedades de otras, valore la conveniencia de un tratamiento farmacológico o quirúrgico…
(Publicado en isepclinic.es/blog)