El diagnóstico de cualquier tipo de demencia es eminentemente clínico; es el neurólogo quien valora si hay o no deterioro cognitivo, en qué grado y de qué tipo. Sin embargo, son muchos los datos a tener en cuenta a la hora de diagnosticar un deterioro cognitivo leve (DCL) o una demencia. En primer lugar, una buena anamnesis nos ayuda a ver si existen posibles factores desencadenantes o coadyuvantes en el proceso de deterioro cognitivo, como traumatismos craneoencefálicos previos o factores de riesgo cardiovascular (tabaquismo, diabetes, hipertensión, obesidad…). Además, en la exploración neurológica se pueden evidenciar signos extrapiramidales, alteraciones oculomotoras o de la marcha, sintomatología parkinsoniana, etc., que pueden ayudar a filiar la causa del deterioro cognitivo.
Después vienen las pruebas: analítica específica, neuroimagen y punción lumbar. Con ellas veremos si hay algún déficit de vitaminas que pueda causar el deterioro cognitivo; si hay marcadores en el ADN; si hay signos de atrofia (reducción del tamaño del cerebro) o lesiones vasculares (pequeños infartitos); o si hay alteraciones del líquido cefalorraquídeo. Todas estas pruebas nos orientan hacia un origen u otro de deterioro cognitivo.
Luego viene las pruebas neuropsicológicas, que valoran tanto las funciones cognitivas (memoria, atención, razonamiento…) como los trastornos conductuales, la funcionalidad y el estado de ánimo del paciente.
En un primer momento se utilizan los llamados test de cribado, cuyas características básicas son la brevedad, simplicidad y facilidad tanto en la aplicación como en la evaluación, una corrección objetiva, directa e inequívoca, la aceptabilidad por parte de la población, la posibilidad de adaptación cultural y transculturalmente, la ecología y el bajo coste económico. ¿Por qué todo esto? Porque la evaluación debe adaptarse a toda la población que acude a nosotros (más o menos edad, nivel de estudios y capacidad motora), ser rápida, válida, fiable y económica.
Además, hay una serie de factores que afectan a esta evaluación, como la motivación del paciente, los déficits sensoriales (visión y audición) y motores (capacidad de andar o moverse) que presente, posibles trastornos emocionales asociados, situación personal, familiar y social… Por otro lado, las mismas variables influyen en la información que nos proporciona el acompañante (familiar, cuidador u otro), ya que en ocasiones no es real o fiable.
En fin, que son muchos los factores que influyen, pero también del buen evaluador, que valorará, a través de la observación en consulta, actitud, movimientos y mirada, apariencia, congruencia de resultados, procesos y resultados… para tener mayor flexibilidad en la generación y confirmación de hipótesis y en la sospecha diagnóstica del cuadro.
De todo ello se hablará en una conferencia el jueves 22 de enero en el Colegio Oficial de Psicólogos.
Además, un diagnóstico precoz del deterioro cognitivo es esencial encontrar su origen y poder tratarlo, tanto farmacológicamente como mediante otras terapias, entre las que destaca la estimulación cognitiva. Esta intervención trata de mantener las capacidades cognitivas y funcionales de la persona el mayor tiempo posible, permitiendo ralentizar el curso de la enfermedad en el caso de las demencias degenerativas, o mantener estas capacidades cognitivas y funcionales en otros casos no degenerativos, permitiendo a la persona y su entorno continuar con una vida autónoma y plena por más tiempo. La estimulación cognitiva, tanto en sesiones individuales como grupales en formato taller, con evaluaciones continuas y un seguimiento exhaustivo e individual de la persona, permite disminuir la repercusión de los síntomas, mejorando tanto la cognición, como el estado de ánimo y la autonomía. En estas sesiones se trabajan todas las capacidades cognitivas, incluyendo no sólo mejoras en memoria sino en atención, funciones ejecutivas (planificación, razonamiento, abstracción, control de la conducta…), lenguaje, funciones visuoespaciales… logrando una menor repercusión de los síntomas, una mejor funcionalidad en el día a día, una disminución de las alteraciones psicológicas asociadas (ansiedad, depresión…), mejoras en la autoestima y en la relación de la persona con su entorno.
(Publicado en isepclinic.es/blog)
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